Sin dignidad humana en las periferias de los sitios de decisión.

Hacemos una lectura rápida de unos puntos de Fratelli Tutti, para dar una visión general del contexto social y económico, que lleva a decisiones políticas de rechazo del prójimo en situaciones de fragilidad. Cfr. F.T. 29-41.

Desde algunos regímenes políticos populistas como desde planteamientos económicos liberales, se sostiene que hay que evitar a toda costa la llegada de personas migrantes.

Detrás de esto hay muchas vidas que se desgarran. Muchos escapan de la guerra, de persecuciones, de catástrofes naturales. Otros, con todo derecho, buscan oportunidades para ellos y sus familias, porque sueñan con un futuro mejor.

Los que emigran tienen que separarse de su propio contexto de origen y con frecuencia viven desarraigo cultural y religioso. La fractura también concierne a las comunidades de origen, que pierden a los elementos más vigorosos y emprendedores, y a las familias, en particular cuando emigra uno de los padres o ambos, dejando a los hijos en el país de origen. Por consiguiente, también hay que reafirmar el derecho a no emigrar, es decir, a tener condiciones para permanecer en la propia tierra.

La situación se agrava, en algunos países de llegada, donde los migrantes no son considerados suficientemente dignos para participar en la vida social como cualquier otro, y se olvida que tienen la misma dignidad intrínseca de cualquier persona. Nunca se dirá que no son humanos pero, en la práctica, con las decisiones y el modo de tratarlos, se expresa que se los considera menos valiosos, menos importantes, menos humanos.

Es inaceptable que los cristianos compartan esta mentalidad y actitudes, haciendo prevalecer a veces ciertas preferencias políticas por encima de hondas convicciones de la propia fe: la inalienable dignidad de cada persona humana más allá de su origen, color o religión, y la ley suprema del amor fraterno.

Se comprende que ante las personas migrantes algunos tengan dudas y sientan temores, como parte del instinto natural de autodefensa. Pero también es verdad que una persona y un pueblo sólo son fecundos si saben integrar creativamente en su interior apertura a los otros. El problema es cuando esas dudas y esos miedos condicionan nuestra forma de pensar y de actuar hasta el punto de convertirnos en seres intolerantes, cerrados y quizás, sin darnos cuenta, incluso racistas. El miedo nos priva así del deseo y de la capacidad de encuentro con el otro.

En la actualidad existen dramáticas historias de jóvenes y familias migrantes que quieren llegar a Europa desde África y en la primera etapa, deben salir desde sus países de origen a Libia, donde trabajan varios meses para pagarse, un pasaje que puede llevarlos a la muerte al atravesar el Mar Mediterráneo, mientras tanto son sometidos a torturas de todo tipo. ¡Y si llegan a sus destinos soñados! Según los informes de Médicos sin fronteras se encuentran con niños sin sus padres, porque han muerto en el camino, los cuales padecen condiciones de privación física con signos de malnutrición y heridas graves.

Ante este panorama, los sentimientos de pertenencia a una misma humanidad se debilitan, y el sueño de construir juntos la justicia y la paz parece algo lejano.

Tenemos que agregar que esta realidad se sigue dando cuando irrumpe una tragedia mundial como la pandemia de Covid-19, y nos hace tomar conciencia de ser una comunidad mundial que navega en una misma barca, donde el mal de uno perjudica a todos.

Pero, no perdamos la esperanza, este dolor no tiene que ser inútil. No dejemos que el miedo saque a la luz, lo peor de nosotros. Sino, que la adversidad nos sirva de aprendizaje y nos de la fuerza para generar una forma nueva de vida. Donde descubramos definitivamente que nos necesitamos y nos debemos los unos a los otros, para que la humanidad renazca con todos los rostros, todas las manos, y todas las voces, más allá de las fronteras que hemos creado. Como dice una canción de los hermanos de canto católico de Chile, vayan cantando creando lazos en un solo pueblo de Dios. Que ir viendo estas realidades no nos agobie, sino que nos quite la quietud y vayamos trabajando por construir la fraternidad humana y la amistad social.

Los abrazo, Hermanos Todos en el Señor.

Colaboradores de la Pquia. San Cipriano, y Padre Daniel.

Fuente: LasHerasNoticias.com

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