Películas cordobesas en el Bafici: variedades mediteráneas

Una película cordobesa abrió el festival Bafici. La noticia despertó el interés que suscita un festival que fue el faro de la región y que todavía acapara atención. En efecto, Bandido, de Luciano Juncos, fue recibida con cierta euforia, como si la naturaleza popular de su propuesta fuera mucho más que una azarosa felicidad en el derrotero de un festival que viene explorando un perfil distinto al que supo tener; abrir con la película de Juncos quizás cumplió con un propósito estético de la agenda de programación: no dejar prácticamente a nadie afuera. 

Es cierto, a Bandido la pueden ver los cinéfilos duros, también los menos exigentes y sin duda los que eligen películas sin prestar atención a los directores y a los pergaminos que  cosechan en otros festivales.

Bandido es una de las seis películas cordobesas que se exhiben en el marco del festival. Las restantes poco tienen que ver con esta, pero entre sí delinean un rasgo distintivo del cine cordobés contemporáneo: su inapelable variedad, y un estándar de solidez en todas sus líneas técnicas y dramáticas.

Los retratos

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Remo Bianchedi vive en La Cumbre y pinta. Quien esté interesado en las artes plásticas sabe muy bien que es un artista reconocido internacionalmente. Santiago Sein decidió retratarlo en el filme Yo no es otro, una labor temeraria en tanto que una de las virtudes estéticas del elegido es justamente el retrato. 

Sin salir prácticamente de la casa de Bianchedi, Sein se entiende con la luz del ecosistema y gana su confianza para hacer de las ventanas de la casa y lo que se observa a través de estas los cuadros de su propia película, mientras registra la cotidianidad y alguna que otra conversación de Bianchedi con un conocido y entendido en la materia. Solo con el inicio, en el que el pintor interpreta el theremín, ya es suficiente para entablar una relación de placer y curiosidad con los planos subsiguientes.

En otro registro, pero no menos preciso, Luciano Juncos en Bandido también comprende que el retrato de un cantante popular ya exhausto y un poco desmotivado respecto de su propio arte requiere administrar recursos clásicos de un cine cada vez menos practicado sin menoscabar la gramática que define a cualquier cineasta. Basta prestar atención a la decisión que toma para encuadrar el misterioso edificio municipal que se confunde con un panal de abejas o un travelling lento sobre las aguas de una pileta mientras se escucha una conversación telefónica para saber que acá todo gira en una cuidadosa órbita sensible. Osvaldo Laport luce espléndido en su papel y todo el elenco acompaña en armonía dramática. He aquí una versión depurada y madura del camino que una década atrás había abierto Rosendo Ruiz con De caravana. Por su lado, todo lo bueno que anunciaba Juncos en La laguna se confirma. Ahora solamente falta que este tipo de películas y sus directores apuesten un poco más y pongan en riesgo sus propias certezas. Dicho esto, Bandido resplandece.

De perros y gatos

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Dos cineastas con una vasta experiencia, Liliana Paolinelli y Ada Frontini, eligieron filmar los dos animales más cercanos a la vida humana: los gatos y los perros. La primera descubrió un misterioso baldío de un barrio porteño en el que viven muchísimos gatos de colores y tamaños diversos. La comunidad de felinos cuenta con sus guardianes. Las mujeres que llevan alimento y agua y dispensan su amor por los gatos son tan distintas como los cuadrúpedos en cuestión.

En el filme El baldío Paolinelli observa la interacción y presta oídos al parloteo simpático de las solitarias que les hablan a los gatos como si estos fueran seres lingüísticos. El mayor acierto consiste siempre en la distancia de la cámara respecto de los protagonistas, acaso respetando la naturaleza vincular de los gatos, jamás entregados del todo a la calidez humana. A ese gesto se le añade una razonable prescindencia por editorializar.

“El baldío”

Por su parte, Frontini contempla perros de todas las razas en En compañía. Entiende cómo filmar a esa criatura que siempre parece dispuesta a complacer a sus amos y emprende así un retrato heterogéneo sobre los sentimientos de estos últimos sin perder de vista las expresiones de los perros y sin simplificarlos bajo esa denominación infantil que los describe como mascotas. 

Con su cámara, Frontini emparda los derechos de los animales ante sus cuidadores y establece así un intercambio justo y afectivamente democrático entre el perro y su cuidador. Tal igualación se ve lesionada cuando En compañía dedica tiempo a los galgos de carrera, y exaltada en el último cuarto de hora, donde Frontini pasa también delante de cámara e involucra a su propio perro. Son momentos de una hermosura inusitada. La comunión con otras especies es entonces posible y conmovedora.

La ciudad en la noche

Coincidencias: dos directores por cada uno de los dos cortometrajes. Uno se titula El oso antártico y esta dirigido por Nicolás Abello y Alejandro Cozza. El segundo lleva por nombre La última aventura y sus responsables son Ezequiel Salinas y Ramiro Sonzini.

En ambas películas la luz del sol brilla por su ausencia y la ciudad de Córdoba adquiere cualidades cinematográficas que pueden asociarse con las metrópolis del viejo cine noir. 

En El oso antártico, la ciudad es un enigma y también un espacio de disputa sobre la interpretación de la Historia. Una pareja intenta descifrar el misterio de una libreta de notas. En La última aventura, un robo menor enciende un dilema moral en el interior de un personaje: ¿volver a robar o no a aquel con quien se acaba de perpetrar un robo? Lo que sucede es relevante, pero lo que se ve y se escucha trasciende el argumento principal, porque la verdadera protagonista de no es otra cosa que la primigenia aventura del cine por filmar el movimiento, retratar la trayectoria de la luz y espiar los dobleces de la conciencia.

Más información de películas, proyecciones y fuciones on line en el sitio del Bafici

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