Colegio Nacional de Buenos Aires: el cumpleaños de una escuela de presidentes, próceres y premios Nobel

Colegio Nacional de Buenos Aires
Fachada del Colegio Nacional de Buenos Aires, que ocupa parte de la histórica Manzana de las Luces, en pleno centro porteño.

“El Estado debe la educación al pueblo”. A partir de ese principio que hizo suyo, el presidente Bartolomé Mitre firmó el 14 de marzo de 1863 decreto 5447 de creación del Colegio Nacional de Buenos Aires, sobre la base del Colegio Seminario y de Ciencias Morales. Se cursaban letras y humanidades, ciencias morales y ciencias físicas y exactas. En base a un proyecto educativo en el que Eduardo Costa, ministro de Instrucción Pública tuvo mucho que ver, se buscó la formación del individuo por medio de la cultura general para responder a las exigencias de la vida argentina.

Mitre había quedado impresionado gratamente cuando conoció el Colegio del Uruguay, fundado por Justo José de Urquiza y más aún cuando supo que los ingresos de las aduanas de Entre Ríos serían destinados a su sostenimiento. El de Buenos Aires fue dirigido, entonces, por el doctor Agüero. Y su primer director de estudios fue Amadeo Jacques, un catedrático francés que debió exiliarse por cuestiones políticas y que dejó una profunda huella en el colegio. Lo primero que dispuso Mitre fue el otorgamiento de 40 becas para niños del interior de escasos recursos. Lo de las becas no era nada nuevo, porque el Colegio Nacional de Buenos Aires traía una larga y rica prehistoria.

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Esteban Echeverría, Bartolomé Mitre y Amadeo Jacques, tres personalidades muy ligadas al histórico colegio.

Todo en una manzana

Todo sucedió en la llamada “Manzana de las Luces”, actualmente comprendida entre las calles Perú, Alsina, Bolívar y Moreno. Esa denominación surgió de la pluma del periodista del periódico El Argos, publicada en su edición del 1 de septiembre de 1821. En ese predio, los jesuitas habían construido el templo de San Ignacio y también contaban con un depósito donde almacenaban los productos generados por las distintas misiones esparcidas en un vastísimo territorio que aún no era virreinato. Allí comenzó a funcionar el Colegio de San Ignacio que cerró sus puertas con la expulsión de esa orden religiosa, en 1767. Todos los bienes pasaron a manos del Estado.

Luego, el virrey Juan José Vértiz dispuso en 1772 la apertura del Colegio de San Carlos, que contaba con una capacidad para 60 internados. Su primer director fue el cura Juan Baltasar Maziel. Cornelio Saavedra, futuro presidente de la Primera Junta, cursó hasta 1776, el año en que egresó Juan José Paso. También pasaron por sus aulas en aquellos tiempos Mariano Moreno, promoción 1796, el cura Manuel Alberti, egresado en 1781 y Juan Martín de Pueyrredón, en 1795, entre tantos otros.

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Manuel Belgrano, Mariano Moreno y Bernardino Rivadavia, tres exalumnos que hicieron historia, cada uno a su manera.

Luego de 1810 el colegio estuvo inactivo y sus instalaciones muy deterioradas, porque primero con las invasiones inglesas y hasta 1810 se usaron como cuarteles de tropa. Allí, en diciembre de 1811, en las dependencias que ocupaba el Regimiento de Patricios, tuvo lugar el famoso “Motín de las Trenzas”.

Un inicio pasado por agua

En 1817 el director y exalumno Juan Martín de Pueyrredón dispuso reorganizarlo bajo el nombre de Colegio de la Unión del Sud. La inauguración, prevista para el jueves 9 de julio de 1818 debió postergarse para el 16 por las intensas lluvias de esa semana. Previo Te Deum en la Catedral, la ceremonia de inauguración fue en San Ignacio. El diario La Gaceta escribió que era la obra más grande del gobierno. Se otorgaron 47 becas, gracias al aporte de particulares y de funcionarios del gobierno y militares, que donaron entre el 1 y el 3% de sus sueldos para ese fin.

Los requisitos para ingresar eran tener, por lo menos 10 años, y estar instruidos en las primeras letras.

En la ceremonia de admisión, los alumnos, con su mano derecha apoyada en los Evangelios, debían hacer un juramento. El régimen era estricto: debían confesarse y comulgar, estaba prohibido llevar armas, jugar a los naipes o a los dados, entrar a otras habitaciones y, por supuesto, leer libros contrarios a la religión, al Estado y a las buenas costumbres.

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Si los pupitres hablasen. Generaciones de científicos y dirigentes los ocuparon.

Vacaciones y algo más

Tenían dos meses de vacaciones, y quince días al año los alumnos debían pasarla en la casa de campo del colegio, en la famosa Chacarita de los Colegiales. Situado en el camino de las carretas entre Buenos Aires y Luján, era un inmenso predio de 2700 hectáreas, cuya entrada estaba ubicada en la actual avenida Luis María Campos. De una legua y media de profundidad, casi llegaba a lo que hoy es Ramos Mejía. En el campo veraneaban tanto alumnos como profesores, pero también se trabajaba en la siembra de trigo, de hortalizas y en la cría de ganado. Durante el gobierno de otro exalumno, Bernardino Rivadavia, se dispuso la creación en 1826, del pueblo de Chorroarín. Luego, en la época de Rosas, se lo usó como lugar de cautiverio de indígenas.

A esa altura, en “La Manzana de las Luces” funcionaba además del colegio, la Universidad de Buenos Aires (fundada el 12 de agosto de 1821), la biblioteca pública, las academias de Dibujo, de Inglés y de Francés. También tenía sus oficinas el Tribunal de Cuentas y el Archivo General.

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Salón de actos del colegio. Desde Albert Einstein al dúo Gardel Razzano, pasaron intelectuales, exponentes de la cultura y personalidades de renombre.

En 1823 la institución pasó a llamarse Colegio de Ciencias Morales. Bernardino Rivadavia, como ministro de Gobierno, dispuso el otorgamiento de 6 becas por provincia para alumnos de escasos recursos del interior. Uno de los que se postuló fue el sanjuanino Domingo F. Sarmiento, quien no resultó seleccionado. El que tuvo suerte fue el tucumano Juan Bautista Alberdi, pero sería expulsado el 9 de diciembre de 1824 por el rector Miguel Belgrano (hermano del creador de la bandera) “por su aversión al estudio”, y porque lo único que le interesaba era la música.

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El colegio cuenta con una impactante biblioteca.

Cuando Juan Manuel de Rosas llegó al poder, adujo problemas presupuestarios y se desligó del colegio pasándoselo a los jesuitas. En 1848 volvió a abrir con el nombre de Colegio Republicano Federal, dirigido por Marcos Sastre. Con la caída del rosismo, Pastor Obligado lo transformó en el Colegio Seminario de Ciencias Morales.

Después de 1865, el colegio fue reciclado, lo que permitió ampliar su matrícula. En 1876 se había suprimido el internado. El edificio original, que había comenzado a construirse en 1661, sufrió diversas modificaciones. Fue ampliado entre 1884 y 1885. Finalmente, el antiguo edificio se demolió y la nueva construcción comenzó en 1908. Se inauguró el 21 de mayo de 1938 y fue declarado monumento histórico nacional en 2016.

Un nutrido alumnado

Se necesitaría mucho espacio para enumerar a las personalidades de los diversos ámbitos, que se formaron en las aulas del colegio “Nacional Central”, como se lo llamaba a fines del siglo 19. Presidentes como Roque Sáenz Peña; Carlos Pellegrini; Marcelo T. de Alvear; Agustín P. Justo. Funcionarios, desde Bernardo de Monteagudo, Manuel J. García, pasando por Aristóbulo del Valle, Luis María Drago, Amancio Alcorta, Estanislao Zeballos, hasta Carlos Corach, Roberto Alemann y Martín Lousteau, entre tantos otros. Gobernadores como Gregorio Las Heras, Manuel Dorrego, Martín Rodríguez, Antonio Aberastain, Nicasio Oroño y José Luis Cantilo. Médicos de la talla de Guillermo Rawson, Juan Argerich, Ignacio Pirovano, Luis Agote, Alejandro Korn, José Ingenieros, Enrique Tornú, Salvador Mazza o Florencio Escardó, por mencionar a algunos. Cientos de científicos, investigadores, de renombre internacional, se formaron en el colegio, como fueron el caso de Carlos Saavedra Lamas y Bernardo Houssay, Premios Nobel, de la Paz el primero y de Medicina el segundo.

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Histórico. Albert Einstein, en 1925, cuando brindó una serie de conferencias.

Hasta Fernando Abal Medina, Carlos Ramus y Mario Firmenich, fundadores de Montoneros. Hay 108 alumnos y ex alumnos del colegio víctimas de aquella violenta década del setenta.

Y si testimonios faltan, hay interesantes recuerdos que Miguel Cané plasmó en su obra “Juvenilia”, de la época en la que fue alumno, entre 1863 y 1868.

En su aula magna de 11 metros por 30, se destaca un órgano alemán de 1919 de 3600 tubos. En ese ambiente, disertaron las más variadas personalidades, tanto del país como del extranjero, como fue el caso de Albert Einstein, en 1925, donde brindó una serie de conferencias y fue distinguido con un doctorado honoris causa. El científico escribió que “la juventud es siempre agradable y se interesa por las cosas”.

Sería otro exalumno, Roque Sáenz Peña quien como presidente, firmaría en 1911 el decreto que estableció la anexión del Colegio Nacional de Buenos Aires a la Universidad de Buenos Aires. Para entonces, el poeta Ricardo Rojas, que llegaría a ser rector de la UBA, lo definiría como “el colegio de la Patria”. Errado no estaba.

Fuentes: El Colegio Nacional de Buenos Aires, de Gustavo A. Brandariz. Dibujos de Carlos Moreno. Fotos de Carlos M. Blanco. Instituto de Investigaciones Históricas de la Manzana de las Luces. Buenos Aires, 2010 – Rectora Lic. Valeria Bergman

Fuente: InfoBae

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